La lucha libre puertorriqueña no necesita una guerra de generaciones; necesita que dejen de enterrarla viva
El informe especial de WAPA, “Lucha Libre: La Vieja vs. La Nueva Escuela”, colocó frente a frente dos generaciones que, para efectos dramáticos, parecen estar separadas por una jaula de acero. De un lado, Hugo Savinovich, Chicky Starr, Invader 1 y Savio Vega, figuras de una época en la que la lucha libre puertorriqueña llenaba estadios, paralizaba pueblos y provocaba discusiones familiares. Del otro, una generación que intenta sobrevivir en una industria completamente distinta y que encontró en John Hawking, de WWC, a uno de sus defensores más apasionados. Una conversación necesaria, aunque convertirla en una simple competencia para decidir quién fue mejor sería tan absurdo como enfrentar un casete contra Spotify y concluir que el casete tenía más talento porque había que rebobinarlo con un bolígrafo. La matemática no está cuajando en esta ecuación, así que vamos a desmenuzarla.
Arrancamos dejando algo claro, la vieja escuela tiene razón en algo fundamental: antes había más creatividad, mayor conexión con el público, personajes inolvidables y una cultura de lucha libre que trascendía las carteleras. Si te capturo psicológicamente, eres mío de por vida. Aquellos luchadores no necesitaban publicar treinta historias en Instagram y trece “thirst traps” para recordarnos que eran estrellas. No es que no publiquen en redes sociales, es que ese no puede ser tu único recurso pana mío.
Tú antes caminabas por la calle y la gente sabía quiénes eran. Carlitos Colón, Hugo Savinovich, Chicky Starr, Invader 1, Savio Vega, Víctor Jovica y hasta Domingo Robles representan esa generación que convirtieron la lucha libre en parte de la identidad popular puertorriqueña. Mi tía abuela, Bruni, me contaba que en su época, WWC llevaba los luchadores al residencial Gándara en Ponce. Había de todo para todos. Mi tía eternamente enamorada de Don Huracán Castillo padre, los rudos para que los más bravos del corillo tuvieran material para entretenerse y hasta Carlitos Colón iba a repartir flyers bloque a bloque.
Su legado no puede borrarse, minimizarse ni tratarse como una reliquia incómoda, porque esa generación trabajó fuerte día y noche para que hoy pudiéramos tener aún una industria de la lucha libre puertorriqueña. Sin la vieja escuela no existe la nueva. Sin aquellos estadios llenos, aquellas rivalidades y aquellos personajes, hoy no habría lona sobre la cual discutir quién recibe demasiadas oportunidades.
Pero la nostalgia también puede ser una droga peligrosa. Hace recordar los estadios llenos y olvidar las malas decisiones, los egos, las divisiones, las oportunidades negadas y las ocasiones en que la industria prefirió proteger pequeños feudos antes que construir un futuro colectivo. Porque si todo en la vieja escuela fue perfecto, entonces alguien tendrá que explicar cómo una industria que supuestamente poseía todas las respuestas terminó necesitando un documental para preguntarse si está en crisis.
La nueva generación no heredó el mismo país. Heredó una isla con menos población, menos jóvenes, menos poder adquisitivo, menos espacios accesibles, una televisión fragmentada y una competencia internacional disponible las veinticuatro horas. Sin contar que, por la evolución de la humanidad, la variedad de ofertas de entretenimiento están al alcance de su mano. Antes, el fanático esperaba el fin de semana para ver lucha libre. Hoy puede ver WWE, AEW, TNA, NJPW, CMLL, AAA, MLW, NWA y cualquier evento independiente desde un teléfono mientras discute en redes sociales con un desconocido que tiene una foto de Roman Reigns como perfil. La pandemia también movió las personas a salir menos de sus hogares, sea por asuntos psicológicos sin tratar o por menos tolerancia al resto de la humanidad.
Comparar ambas épocas solamente por la asistencia es cómodo, pero intelectualmente vago. Sería como acusar a los periódicos actuales de falta de talento porque ya no venden la misma cantidad de ejemplares que en 1985. La naturaleza de la industria cambió. Tuvo que ajustarse a tiempos actuales en donde, la industria que más crecimiento ha tenido, es la creación de contenido. No es buscar “momentos virales”, es llegar a audiencia secular en la forma de entretenimiento que más consumen, el deporte de generacional “escrolear” como máquinas en las redes sociales hasta que los ojos se le sequen.
Eso no significa que la nueva escuela esté libre de culpa. Algunos jóvenes quieren recibir en seis meses el lugar que otros tardaron veinte años en construir. Se habló en el documental de los “roles”, pero yo digo, eso va mucho más allá de rudo o técnico. En la industria hay un dicho que popularizó The Rock: “Know your role and shut your mouth”. La generación actual, como observación general, quieren ser figuras principales antes de aprender a mirar una cámara, proyectar una emoción o convencer al público de que una rivalidad importa. Confunden seguidores con fanáticos, exposición con trayectoria y una buena fotografía promocional con tener un personaje. Se indignan si no aparecen en el cartel, pero a veces no logran explicar por qué alguien debería comprar un boleto para verlos. Tener botas nuevas y una cuenta verificada no convierte automáticamente a nadie en una superestrella.
Y si, todas esas cosas son sumamente importantes para la estética del talento. Pero de que carajos nos sirve si no logran conectar con la audiencia. Nadie les está pidiendo que sean un maldito minotauro o un pavo saliendo de un huevo en Survivor Series. La industria evolucionó a personas reales, y si tu mensaje a la audiencia termina en un festival de muletillas que termina con “esta noche, ve bien preparado, amárrate bien las botas, porque esta noche en Bayamón, yo acabo contigo”, entonces tú eres parte del maldito problema, porque la industria evolucionó y sigues cargando la misma promo de la década de los 80’s.
Precisamente por eso fue importante escuchar a John Hawking defender a la nueva generación a capa y espada. No porque la juventud necesite que le regalen victorias morales, sino porque alguien tenía que recordar que estos luchadores existen, trabajan, entrenan y se sacrifican. Hawking no defendió la eliminación de la historia; defendió el derecho de su generación a escribir el próximo capítulo, recalcando la importancia del aprendizaje de las pasadas generaciones. Eso requiere cojones cuando se participa en una conversación donde cualquier diferencia de opinión puede interpretarse como una falta de respeto y donde cuestionar una idea antigua a veces se considera un delito más grave que utilizar una silla.
Yo no puedo hablar por el resto de la industria, pese a tener grandes amistades en todas las empresas y proyectos en Puerto Rico. Pero si puedo hablar por la empresa que ha sido mi hogar por los pasados 5 años. WWC posee ejemplos claros de que existe material para construir. ¿Porque funcionó un luchador juanadino enmascarado que socialmente en la industria era conocido como un luchador de “Metal”? Porque Intelecto Cinco Estrellas representa disciplina, consistencia, experiencia, evolución, educación y permanencia. Porque cuando toda la industria se fue en su contra, no lo vieron llorando en las redes sociales diciendo que la afición no es justa, si no que se sentó a “darle casco” y hoy tenemos un nuevo capítulo en su historia llamado “El Verdadero Código”
. ¿Porque John Hawking funcionó en IWA y funciona en WWC? Porque John Hawking posee el factor novedad generacional. Ese muchacho se para en un puesto de gasolina y por su presencia, proyección y la capacidad de expresarse, se sabe que es un luchador. John es alguien que entiende que su responsabilidad supera el resultado de una lucha, pues es esa estrella generacional que está construido para, si, eventualmente ser esa cara principal de la lucha libre puertorriqueña, comprendiendo el sufrimiento que tiene que enfrentar un babyface. Volvemos al “know your role”.
Ahora hablemos de Tony Leyenda… Cuando a mí se me informa que sobre la llegada de un luchador independiente para un evento en Trujillo Alto, mis palabras exactas fueron: ¿Quién carajos es Tony Leyenda? Al día de hoy, una de las mejores decisiones que ha tomado WWC. Tony tiene carisma y esa cualidad indispensable de provocar una reacción. No hay nada peor que ser irrelevante en esta industria, y no hay mejor ejemplo de hacer “chicken soup with chicken shit” que este caballero. Porque cuando recibimos amenazas de muerte concretas y personas sospechosas merodeando por los venues con sus “Fanny packs”, entendimos que old school heat en los 2020’s aún existe.
Elena Negroni y Stephany Amalbert forman parte de una generación de mujeres que no debe ser presentada como complemento decorativo, sino como una pieza esencial del futuro. Ambas ponen números virales en redes sociales, pero ponen traseros en los asientos. Ellas, junto con otros talentos jóvenes, no necesitan que les aseguren que son mejores que las leyendas. Necesitan escenarios, historias, promoción, disciplina, educación y veteranos dispuestos a compartir conocimientos sin cobrar el consejo con obediencia eterna. Porque una vieja escuela que no educa a la nueva no está defendiendo su legado: está organizando su funeral.
El verdadero maestro no es quien pasa el resto de su vida recordándole al estudiante que jamás será tan bueno como él. Es quien consigue que el estudiante llegue más lejos que él como maestro. Si una leyenda posee cuarenta años de conocimientos, pero se lleva todos esos conocimientos a la tumba porque ningún joven “se los ganó”, eso no protege al negocio, se vuelve un clavo más en el ataúd del mismo. Eso es esconder la receta mientras el restaurante se va a la quiebra.
La nueva generación también tiene una responsabilidad. Escuchar no significa someterse. Respetar no significa copiar. Aprender de Ray González no implica convertirse en una imitación de Ray González. Estudiar a Savio Vega no significa repetir sus historias. Reconocer la aportación de Axel Cruz no obliga a hablar como Axel Cruz. Valorar el legado de Invader 1 no exige permanecer atrapado en el mismo formato durante cincuenta años. La historia debe funcionar como cimiento, no como techo. Ahí es donde está el problema principal.
La vieja escuela debe enseñar cómo construir una rivalidad, controlar al público, proteger un personaje y entender el negocio. La nueva debe aprender esas lecciones y adaptarlas a su realidad. Una generación aporta el mapa; la otra tiene que encontrar una ruta para un país que ya cambió. Ninguna puede hacerlo sola. Ambas generaciones se necesitan, y mientras algunos creadores de contenido buscan sacarle hasta la última gota rezando por relevancia, los talentos deberían escuchar menos podcasts, y más a Don José, Carlitos, Ray, Chicky, Savio, Miguel, Castillito, Félix Tapia y hasta Melvin, que lleva más de 3 décadas montando el cuadrilátero en WWC.
Esta discusión también retrata un problema profundamente puertorriqueño. En nuestra cultura, muchas veces pedimos experiencia para conceder oportunidades, pero no concedemos oportunidades para adquirir experiencia. Nos quejamos de que no surge un relevo mientras bloqueamos el carril por donde tendría que pasar. Después, cuando el joven se marcha, triunfa fuera de Puerto Rico o abandona la industria, preguntamos con cara de sorpresa por qué aquí no nacen nuevas estrellas. Nacen. Lo que ocurre es que a veces las asfixiamos en la cuna y luego organizamos un homenaje a la época en que sí sabíamos criarlas.
Ahora vamos al trago amargo del artículo, y aguántense el llanto. La inteligencia artificial y el exceso de recursos tecnológicos han creado una generación de luchadores con todas las herramientas para sobresalir, pero con muy poca disposición para pensar por sí mismos. Nunca había sido tan fácil diseñar una imagen, editar un video, escribir una promo o estudiar una lucha. Sin embargo, nunca habíamos visto tantos personajes genéricos, discursos sin personalidad y talentos que parecen haber salido de la misma fábrica con diferentes tatuajes. Tienen acceso a todo, excepto a una idea original. De nada me sirve hacer un Phoenix Splash hermoso si cuando abro la boca la gente se va al baño porque eres su “bathroom break”.
Esto no es SmackDown vs. Raw, el videojuego que ustedes jugaban cuando eran chamacos. No basta con seleccionar una entrada, escoger cuatro movimientos especiales, ponerse un apodo y esperar que el público complete el trabajo. Esto es una industria que exige análisis crítico, creatividad, identidad, sacrificio y la capacidad de entender por qué alguien debería pagar para verlos. Si el personaje puede describirse como “soy bueno en el ring, estoy enfocado y nadie puede detener”, felicidades, acaban de traer al mismo luchador “único y diferente” que ya aparece otras siete veces en la cartelera.
La inteligencia artificial debe servir como herramienta, no como respirador artificial para una creatividad clínicamente muerta. Dejen de utilizar ChatGPT para hablar por ustedes. Puede corregirles un texto, organizarles una idea o ayudarlos a estudiar, pero no puede regalarles una identidad que jamás se molestaron en desarrollar. Si necesitan una aplicación para explicar quiénes son como luchadores, qué representan y por qué están luchando, entonces el problema no es tecnológico, el problema es que todavía no tienen personaje.
La lucha libre necesita voces auténticas, no comunicados perfectamente redactados que podrían pertenecerle a cualquiera. Necesita luchadores capaces de observar la sociedad, entender al público, estudiar la historia y transformar sus experiencias en personajes memorables. La lucha libre es un eterno estudio sociológico que toma todas las vertientes, económicas, políticas, raciales y hasta religiosas, para jugar con todos los botones y controlar tus emociones desde que Yiyi da la bienvenida hasta que te despides de Bocachula cuando se acaba el evento.
La vieja escuela no tenía inteligencia artificial, plantillas de diseño ni videos editados desde un teléfono. Tenía que pensar, experimentar, fracasar y aprender a conectar. Ahora ustedes poseen recursos que aquellas generaciones jamás imaginaron, pero demasiados los utilizan para evitar precisamente ese proceso.
Y por favor, entiéndanlo de una vez, si ustedes no saben cuál es su propia voz, serán un relleno más en el cartel. Un talento genérico, mediocre, vago y fácilmente sustituible por otro que use la misma ropa negra, haga los mismos movimientos, publique las mismas frases motivacionales y le pida a la misma inteligencia artificial que escriba la misma promoción. La tecnología no está acabando con la lucha libre. La están acabando quienes la utilizan como excusa para no pensar.
La lucha libre puertorriqueña no se extinguirá porque Brandon o Diego Luna piensen distinto a una leyenda. Tampoco se salvará simplemente porque alguien recuerde que antes se llenaba el Hiram Bithorn o se llenaron tres venues en el mismo día. Se extinguirá si los veteranos se niegan a educar, si los jóvenes se niegan a escuchar, si los promotores se niegan a invertir y si los fanáticos continúan exigiendo nuevas estrellas mientras destruyen a cada talento antes de darle tiempo para desarrollarse.
No hay que escoger entre la vieja y la nueva escuela. Hay que construir una industria en la que Carlitos Colón, Hugo Savinovich, Chicky Starr, Invader 1 y Savio Vega sean reconocidos como pilares, mientras Intelecto Cinco Estrellas, John Hawking, Tony Leyenda, Mike Nice, Elena Negroni, Stephany Amalbert y el resto del talento reciben la oportunidad real de levantar el próximo piso.
Sin la vieja escuela no existe la nueva. Pero sin una vieja escuela que eduque, respalde y abra espacios, tampoco existirá una generación futura que conserve su legado. Y sin una nueva escuela disciplinada, agradecida y dispuesta a aprender, toda aquella historia terminará convertida en videos que alguien verá desde su teléfono mientras comenta: “Antes esto era grande”.
La lucha libre puertorriqueña no necesita que una generación derrote a la otra. Necesita que ambas dejen de competir por decidir quién tuvo la mejor época y comiencen a trabajar para garantizar que exista una próxima. Sin escuelas de lucha libre trabajando de la mano de las empresas no hay una cantera de talento saludable preparada para el cambio generacional que se nos avecina. Es como tener al Real Madrid sin importarle lo que pasa con el Real Madrid Castilla y los futuros jugadores de su plantilla. WWC trabajó de la mano con Ponce Pro Wrestling y Attitude Wrestling Academy, y se concretó éxito en dicha ecuación.
Porque si Cristiano Ronaldo anunció su retiro del fútbol internacional y confirmó que esta será su última temporada en fútbol de clubes, significa que nadie es eterno. Bajo esa misma analogía, la última gran súper estrella de esa generación que le queda a Puerto Rico, activa y en buen standing, es Ray González. ¿Qué carajos vamos a hacer cuando Ray González se retire? ¿Va a morir la lucha libre? Por eso tenemos que preparar el terreno desde ya, porque si bien Ray está en buen shape y todavía le queda gasolina en el tanque, en algún momento, él dirá adiós a los cuadriláteros, y cuando eso pase, tiene que haber un camino labrado para asegurarle éxito a sus sucesores.
Porque el combate más importante no es vieja escuela contra nueva escuela. Es todos contra la extinción. Colaboran generacionalmente o nos extinguimos como industria. Ahora dejen de pelear, agarren un cabrón remo y lleven la embarcación a su destino porque si nadie rema, la muerte nos moverá a la extinción junto con otras formas de entretenimiento como Blockbuster.
Los dejo con esta cita: “La vida es una larga espera a la muerte. Hazme vivir alguna emoción y permíteme olvidarme de la finalidad de la vida, mientras espero por esa cabrona”. Y sin inteligencia artificial con 34 emojis y el mismo texto genérico. Aprendan a redactar.




